1 de mayo de 2021

HISTORIAS QUE MERECEN SER CONTADAS

Ariel Oliveri es docente. Es profesor de educación física y ejerce su profesión en la ciudad de Mar del Plata. Desde hace seis años escribe y lo hace por un hecho trascendental en su vida. Lo curioso, llamativo, es que Ariel sabe cuál fue el momento exacto en su vida en que el comenzó a escribir, porque como él dice “yo fui siempre muy lector, escribí muy poco hasta la noche que murió mi viejo”. Ariel es el hijo del Dr. Oliveri, el Chino o Doctor Chino como se lo conocía y todavía se lo recuerda en La Matanza.

“Al no poder dormir escribí una cosita en Facebook. Esa misma noche se compartió mucho, pero mucho. Dio vueltas por todo el mundo”, recuerda Ariel. “Empecé a escribir un poco para transitar el dolor de la muerte de mi viejo y recibí muchos comentarios y mensajes. Así fue como empecé a escribir”.

“La influencia de mi viejo y la mirada sobre lo social está. Yo cuento algunas cosas y escribo cuando necesito sacarme algo de adentro y expresarlo. Escribo sobre eso, sobre lo que pensamos, lo que sentimos. Lo que nos conmueve a los argentinos y lo social creo que es lo más importante”.

Como docente Ariel transmite claramente sus conceptos: “los conocimientos se construyen entre los alumnos y los docentes. Yo aprendo mucho de mis alumnos y trato de expresarlo siempre con una luz de esperanza. Cuando uno habla y construye con los jóvenes, cuando uno los hace protagonistas salen cosas que están buenísimas. Hay muchos docentes que hablan de la participación de los jóvenes en las clases pero dan clases de una hora en que no paran de hablar entonces ahí pasan a ser espectadores respecto a la educación. El tema es… dejarlos ser protagonistas«.

Sobre los jóvenes entiende que “la estigmatización es una herramienta más de las clases dominantes para no despertar en ellos el verdadero potencial que tienen. Sin embargo en la marea feminista las principales protagonistas han sido las jóvenes que, me parece, es donde más han participado”. Esto se vislumbra en sus escritos, en su forma de ver a la juventud.

Ariel resalta que a pesar de escribir historias no se considera un escritor. Cuenta historias, que nos acercan a conocer vidas, momentos de nuestra historia, relatos de personajes perdidos o desconocidos. Por eso es que a partir de hoy Ariel tendrá su espacio en nuestra página. Bienvenido Ariel, queremos ser parte de esas historias que, sencillamente, merecen ser contadas.

ROMI Y LA DIGNIDAD

Dedicado a los y las trabajadoras en este día

Cuando se separó Romi sintió un alivio tan grande que hasta ella misma se sorprendió. En realidad no se puede decir que se separó, más bien “el Jorge” una tarde armó el bolso y se fue. Romi lo había querido mucho, pero hacía ya demasiado tiempo. Aquel novio adolescente y marido trabajador se fue transformando  en alguien que compartía casi nada. Un poco la bebida, un poco las juntas, un poco la vagancia y otro poco otras yerbas habían transformado a Jorge en un tipo nada cariñoso, bastante controlador y demasiado ajeno a lo que pasaba en la casa. Así que el alivio fue más grande que la tristeza. Porque tristeza hubo. Pero la tristeza había empezado mucho tiempo antes que aquella tarde que marchó casi en silencio. Ya la tristeza no estaba.

Esa noche durmió rara. No porque haya dormido sola, algo la despertaba a cada rato. El mate amargo de la mañana siguiente despejó el alivio del día anterior y empezó a  caer. Miró las camas de los chicos y sacó cuentas. Con lo que tenía en la pieza y lo que cobraba en la semana de la venta de Avon tiraba unos diez días. Quince tal vez. Pero la plata de las changas del Jorge no iba a entrar más. Lo del Jorge no era gran cosa, pero por lo menos era la mitad. Con los cosméticos ella aportaba la otra parte, pero sola con eso no iba a alcanzar.

Dejó dormir a los chicos hasta tarde esa mañana. Fue al baño y se miró al espejo. Se vio grande, mucho más de los treinta y siete que tenía. Las lágrimas cayeron gordas. Hizo fuerza para no derrumbarse, pero no pudo. Los sollozos los silenció, un poco porque no se permitía verse así, y un poco por la excusa de que no la vean los pibes. Se lavó la cara con el agua helada. Y arrancó.

Habrá que salir a limpiar casas, pensó. Era buena para limpiar. Mucho más no sabía, creía ella. Nunca había “trabajado” pensaba. Pensaba como si la crianza de los  hijos más toda la tarea de la casa no fuese trabajo. Limpiar por hora, vender mucho más Avon, hablar con “la Gladys” para que le habilite vender otras cosas por las revistitas.” Mira si me voy a achicar…” pensaba Romi.

Al poco tiempo cayó en la cuenta que no. Que no llegaba ni a palos. Que no salían casas, que las revistitas no crecían. Que algo más había que inventar. Que las panzas pedían.

Un día traía los chicos de la escuela y la vecina la paró antes de entrar. Se llamaba Carmen y no era chusma. Tendría unos 50 largos, y andaba en la sociedad de fomento del barrio.  Le preguntó por el Jorge, que no lo veía hacía rato, le dijo. Romi metió los pibes adentro de la casa, les dijo que se preparen la leche y se quedó afuera. Le contó a la vecina que no había más Jorge.

  • Ya me parecía- la miró seria Carmen. ¿Qué necesitas? ¿te estas arreglando?

Romi le dijo que nada. Sonrió con orgullo. Carmen le dijo que le iba a arrimar un bolsón de alimentos de los que trae la muni. Romi se puso roja de vergüenza, le dijo que no, que gracias. Y se metió en la casa sin más palabras.

Al día siguiente en el horario de la escuela Carmen golpeó la puerta. Traía dos bolsas grandes y le pidió que las agarre. Romi otra vez roja, se asomó a la calle para ver si alguien estaba mirando. La hizo pasar a Carmen y preparó el mate. Romi le agradeció y le hablo de su vergüenza. No podía mirarla a la cara. Carmen entendió todo y le conto su historia. También había quedado sola con los pibes. Le habló de la dignidad y del trabajo. Le contó que cobra un plan y que recibe alimentos también. Pero que el plan lo labura. Que en el barrio los que cobran plan laburan. Que algunos se hacían los giles, pero con el tiempo los echaban. Que pintan escuelas, que limpian el arroyo. Que arman ollas en la sociedad de fomento y que a veces ella cocinaba ahí. Le contó de los merendero y de la ayuda escolar. Le explicó que si se juntaban muchos y muchas se podían ayudar. Le ofreció que se arrime, que no era fácil conseguir lugar porque eran muchos. Pero que vaya, que le iba a hacer bien. Y Romi pensaba. La miraba a Carmen con los ojos negros grandes y pensaba.

Esa noche Romi durmió los pibes y se preparó un té. Se sentó en el sillón a mirar la tele. Entre las noticias de los robos hablaban los periodistas de traje. De traje y corbatas. Trajes lisitos, camisas blanquísimas, corbatas de seda brillosas. Hablan con peinados perfectos y dientes blancos. Todos los dientes, claro. Hablan con zapatos negros los tipos. Zapatos que terminan en punta y brillan como la luna cuando está llena. Hablan bien. Tan bien hablan que a veces no se les entiende. Pero hablan con palabras difíciles. Lo que si entendió Romi es que esos tipos tan distintos a los del barrio, hablaban de la realidad del los barrios. De todos los barrios decían. Que son vagos y atorrantes, decían que solo quieren el plan. Que cuando se les acaba la plata cortan el tránsito. Que no pagan impuestos, recitaban indignados estos trajeados pidiendo mano dura. Que el país así no avanza, que hacía falta trabajo duro. Lo decían y Romi les miraba las manos. Manos delgadas y prolijas. Manos calentitas en invierno. Manos de pianista, decía mi abuela, pensaba Romi. Y Romi pensaba.

Todo eso se acordaba Romi meses mas tarde la noche anterior a su primer día de trabajo en la ruta limpiando los cercos. Esa noche Romi durmió tranquila, gracias a la dignidad del trabajo.

ARIEL OLIVERI