DIARIO DESDE UNA BARRICADA
Una lucha de la CCC durante la Pandemia
La siguiente es una crónica sobre la pelea que se viene desarrollando en la CAAC #NiUnPibeMenosXLaDroga de Centro CABA en esta Emergencia Sanitaria
Sus autores: Eduardo Lamas, psicólogo y psicólogo social y Berta Aronowicz, psicóloga y psicóloga social
Los antecedentes
La sede San Cristóbal de la Casa de Atención y Acompañamiento Comunitario (CAAC), “Ni un pibe menos por la droga” de CABA se conformó a fines de 2017. Sin embargo, la Corriente Clasista y Combativa (CCC) estaba presente en el barrio desde mucho tiempo antes.
Nos instalamos en el local de Garay 2045 y conformamos un equipo de coordinación de la CCC.
Nuestra primera actividad fue la organización de un merendero, con el objetivo de conformar un espacio de encuentro. Al cabo de unos meses, logramos instalar el comedor y fuimos generando nuevas actividades deportivas, artísticas y culturales. Luego, armamos los talleres de oficios productivos, grupos de preventores en adicciones y promotoras en prevención de violencia.
Todo el crecimiento de la CAAC lo construimos a partir de los espacios de encuentro que se generaron al compartir la merienda y la cena con otras personas que iban llegando de diferentes lugares.
Y Llegó la pandemia
Estábamos en mitad de marzo y esos días eran de mucho nerviosismo e incertidumbre. Llegaban las noticias de Europa y nos costaba un poco creer que ese virus fuera a llegar hasta Argentina. No sabíamos qué podríamos hacer, cuál era la situación que tendríamos que afrontar.
Apoyamos la medida del gobierno de instalar una cuarentena en todo el país como medida necesaria para cuidar la vida de nuestras/os compatriotas. Sin embargo, pensábamos también que no iba a ser posible que su cumplimiento se haga efectivo si la gente no cuenta con los recursos necesarios para poder aislarse. Por eso decidimos que no íbamos a cerrar la CAAC y que nos quedaríamos sosteniendo el comedor. Entendimos en ese momento que se iniciaba una pelea en todo el país contra el COVID 19, que iba a ser necesario del protagonismo popular, de tomar esta lucha entre todas y todos, y que nosotras/os, siendo una organización del barrio teníamos que quedarnos a pelearla junto a nuestras/os vecinas/os.
Lo primero que hicimos fue fabricar barbijos con telas que teníamos en la CAAC y pegar afiches del Ministerio de Salud por todo el local para que todas/os pudiéramos conocer un poco más de qué se trataba ese virus y cuáles eran las medidas de seguridad para protegernos.
La cuarentena
Nos abocamos a organizar exclusivamente el comedor, la limpieza e higiene del espacio. Entendimos que en ese momento, eso era lo principal. Teníamos miedo y muchas veces dudas de venir a la CAAC. Sin embargo, nos sumamos a la tarea de sostener el espacio. Tarea que, luego de más de 120 días de cuarentena, continuamos llevando a cabo.
En nuestro barrio no hay zonas de Villa de Emergencia, pero existen múltiples necesidades que se encuentran invisibilizadas.
Muchísima gente que habita la Comuna 3 está en situación de precariedad. Viven al día haciendo changas, cartoneo, o alguno que otro oficio. Habitan hacinadas en hoteles, inquilinatos y casas tomadas. Además, una gran cantidad de personas vive en la calle.
Por todo esto creíamos que, seguramente, muchas/os iban a necesitar un plato de comida para llevarle a sus familias y, también, que se iban a agudizar las problemáticas vinculadas al consumo de sustancias y de violencia de género.
Así fue que nos pusimos a escribir afiches que pegamos en la puerta y flyers que circulamos por las redes con la consignas: “Traé tu taper”, “No estás sola”, “Si estás sufriendo violencia de género, comunicate con nosotras/os” “…si estás pasando por una situación de consumo que no podés manejar llamanos”. Para estas últimas dos propuestas, dejamos los teléfonos de tres compañeras/os del equipo para que se comuniquen.
Desde los primeros días de la cuarentena, la puerta de la CAAC se abarrotaba de gente viniendo a buscar un plato de comida. Atendíamos desde adentro e intentábamos organizar la fila de gente tratando de que mantengan la distancia. Fuimos anotando a cada vecina/o que se acercaba en una lista con su nombre y cuántas raciones llevaba para su familia. Esta tarea la continuamos llevando a cabo en la actualidad.
Notamos que necesitan decir que están en la lista, que su nombre figura aun cuando ya nos conocemos. Creemos que es una de las formas en las que se expresa la necesidad de ser reconocidas/os como personas, por otras/os que les otorgamos un lugar de pertenencia en este grupo.
También surgió en las/os vecinas/os mucha incertidumbre respecto de la modalidad para anotarse en el IFE. En muchos casos no tenían teléfono, otros no tenían internet, o no sabían cómo hacerlo aunque tuviesen la tecnología adecuada. Por eso decidimos hacer un listado con una serie de datos personales de cada vecina/o para anotarlas/os nosotras/os en ANSES. Esta tarea, como la de organizar la fila afuera y tomar lista de cada persona, la abordamos desde el principio quienes coordinamos la CAAC y, con el correr de los días, fuimos delegándosela a otras/os compañeras/os que, al comienzo, tenían dificultad para hacerlo.
¿Por qué la dificultad?, nos preguntamos. Hoy pensamos que esto sucedía por el hecho de que, al ser ellas/os quienes ordenaban la fila, es como si se ubicasen a sí mismas/os en un escalón social superior. Particularmente las mujeres nos decían: “¿Por qué no lo hacen ustedes que les sale mejor y aparte los escuchan?”. En la fila, la mayoría son varones y argentinos, y suelen expresar ideas discriminatorias y racistas para con los compañeros, pero especialmente con las compañeras que preparan la comida, quienes en muchos casos provienen de otros países latinoamericanos. No sucede lo mismo con las compañeras oriundas de las provincias de nuestro país.
También, creemos que al principio costaba salir porque sentían miedo por la posibilidad de contagio. Pero rápidamente fueron adquiriendo confianza hasta hacerse cargo completamente de estas tareas. Esto no significa que el miedo se haya disipado o desaparecido, sino que, a pesar del mismo, prevaleció y prevalece el compromiso con la tarea sobre la base de un poderoso sentimiento de solidaridad.
El trabajo se fue organizando y cada vez más gente venía con su taper a buscar la comida. Las/os vecinas/os nos decían que había pocos comedores en el barrio, que no había muchos espacios abiertos. Llegamos a dar 350 raciones de comida por día, lo cual implicaba hacer malabares, ya que el Gobierno de la Ciudad nos asistía con sólo 100 raciones por día. Incluso, luego de hacer reclamos a diferentes responsables del Ministerio de Desarrollo de la Ciudad que se comprometían a enviar más ayuda, hubo días en los que recibimos menos mercadería que antes de la cuarentena.
Frente a esa situación decidimos difundir un flyer entre compañeras/os, amigas/os y familiares, y también a través de las redes pidiendo donaciones para el comedor. La respuesta fue instantánea. Un compañero puso a disposición su camioneta y recorrimos los barrios de la ciudad (e incluso de la provincia) retirando mercadería y dinero para el comedor.
El Comité Solidario de Emergencia de la Comuna 3
A partir del trabajo realizado con organizaciones sociales, políticas, culturales y religiosas del barrio, impulsamos y comenzamos a formar parte del Comité Solidario de Emergencia de la Comuna 3, organizándonos en torno al Hospital Ramos Mejía, único hospital de la Comuna, cuyas/os trabajadoras/es venían luchando, entre otras cosas, por elementos de protección para realizar su tarea durante la Pandemia.
Recogiendo esa imperiosa necesidad, nos dimos a la tarea de fabricar máscaras caseras. Las hicieron las/os vecinas/os de la fila. Para eso, sacamos las mesas y materiales a la calle y cuidamos que se mantuviera la distancia. Fuimos entonces a una Asamblea de trabajadoras/es del Hospital y fueron las/os propias/os vecinas/os quienes les hicieron la entrega de la producción.

La primera iniciativa del Comité fue realizar una carta para presentar al Gobierno de la Ciudad explicando la situación del barrio y pidiendo más recursos para enfrentar la emergencia. La segunda iniciativa fue pedir donaciones al la gente del barrio para apoyar los comedores que en ese momento eran pocos. Uno de ellos era la CAAC que, desde el comienzo, funcionó los siete días de la semana. Otra iniciativa fue la de organizar un operativo en la Iglesia Santa Rosa, donde se convocó a diferentes organismos oficiales como ANSES, RENAPER, MIGRACIONES, PAMI y SECRETARIA DE LA MUJER, para que orienten y realicen algunos trámites necesarios que muchas/os vecinas/os de la comuna no venían pudiendo resolver de forma online.
Ese día organizamos un equipo que se reunió a las 6 de la mañana en la CAAC y preparó, con los insumos que nos enviaron desde el comité de emergencia, doscientas cincuenta tortas fritas para la gente. La fila en la calle era de mil personas aproximadamente. La Iglesia también contribuyó con alimentos para la gente que esperaba.
Desde el Comité se fue generando un relevamiento de los comedores y ollas que estaban en el barrio y se fueron actualizando en un flyer que se publica en las redes. Cada vez fue creciendo más la cantidad de espacios destinados a Ollas Populares.
Fue muy importante también el apoyo que recibimos del Comité para sostener el comedor de la CAAC durante todo el proceso. Pero hubo un día en el cual su apoyo fue particularmente importante. Una madrugada se produjo un robo en la CAAC y quienes lo cometieron se llevaron la mercadería que teníamos para cocinar. No sabíamos qué hacer, nos sentímos muy golpeados. Pero decidimos que el comedor se haría con lo que pudiéramos conseguir para cocinar ese día.
La noticia corrió rápido y, al rato, llegó a la puerta de la Casa una camioneta con compañeros del Comité que traían alimentos frescos para poder preparar la olla. También ese día vecinas/os del barrio acercaron mercadería para cocinar y el resultado fue que pudimos salir de ese mal momento mucho más fortalecidas/os.
Del comedor a la Olla Popular
Consideramos que la intervención más importante, la que nos permitió ubicar con acierto el rumbo de nuestro accionar, se produjo a partir de que, a veces, nos quedábamos sin comida para darle a toda la gente que se acercaba a la fila. Muchas/os nos reprochaban: “El gobierno les da la mercadería así que ustedes nos tienen que dar de comer«. Se generaba un clima hostil por momentos en la fila.
Las/os vecinas/os de capas medias, “las/os de los edificios”, como los denominan “las/los de la fila” decían que estaban asustadas/os por la cantidad de gente y la tensión que se generaba mientras esperaban la comida.
Detengámonos en algunas contradicciones que se manifestaron en ese proceso:
- Por un lado, entre la demanda de alimentos y la mercadería que disponíamos para satisfacerla.
- Por el otro, los roles de la/os sujetos que estábamos involucradas/os y el malentendido que ello generaba. Quienes pertenecemos a la CAAC, que éramos quienes poseíamos los recursos, – lo cual tiene una parte de verdad -, y a quienes asistíamos, que necesitaban alimentarse y no poseían ni siquiera lo indispensable para vivir, lo cual era totalmente cierto.
Revisando estas contradicciones comprendimos la necesidad de que el comedor se transformara en una Olla Popular, que posiblemente permitiría que el conjunto pudiera ser protagonista y que nadie se quedara sin comida.
Sacamos las mesas y las ollas al frente de la CAAC. Pegamos carteles reclamando al Gobierno de la Ciudad por más raciones, explicamos a las/os vecinas/os quiénes éramos, les pedimos que traigan lo que tuvieran para compartir porque no nos estaba alcanzando, les pedimos que se involucren con la organización del espacio.
Había que cruzar al predio de enfrente a la CAAC mesas y sillas para que la gente más grande se pudiera sentar, cruzar las ollas, colgar carteles, armar la fila, etc.
Sucedió entonces que mucha gente fue modificando su actitud. Nos decían, como aun nos siguen diciendo, que necesitan hacer cosas. Les gustaba venir y participar de las tareas y, una parte, se fue sumando y adquirió su ansiado lugar de pertenencia activa en la CAAC.
Lo que nosotras/os veníamos registrando en las personas que se acercaban antes y ahora a la CAAC no es sólo la necesidad de comida. Sino también de pertenecer, de ser reconocidas/os, de ser escuchadas/os, de poder expresarse, aprender con otras personas y de otras personas, y también de hacer, en consecuencia. Colaborar, ayudar a las/os otras/os, llevar adelante una tarea, poder asumir una responsabilidad.
Podemos decir, que en un mundo del cual se ha apoderado el terror de inexistencia (1) dejan de ser sólo sujetos producidas/os para recuperar algo de la calidad de sujetos productoras/es, de su propia vida, de su propia existencia y la de las/os otras/os, que sienten y sentimos que su existencia es importante.
Así fue, y así es, como la CAAC se volvió para las/os vecinas/os que concurren a la misma, no solo un lugar en el cual sienten que pueden subsistir, sino ser protagonistas de este proceso en el cual luchan por su dignidad, por nuestra dignidad humana.
Y podemos decir que a partir de ese proceso, quienes coordinamos la CAAC nos acercarnos a la gente desde otros lugares, nos apoyarnos en ellas/os que asumieron distintas responsabilidades y así pudimos estar más permeables a registrar otras problemáticas que estaban presentes.
Empezamos una nueva etapa
La situación de violencia hacia las mujeres se agudizó en cuarentena. El consumo de sustancias, especialmente el alcohol, se incrementó. El aislamiento y la carencia de trabajo, principal organizador de la vida cotidiana, profundizaron los males preexistentes a la Pandemia. Por todo esto decidimos que las/os pibas/es tuvieran un lugar especialmente relevante en la CAAC.
Generamos entonces el espacio de la merienda de los domingos. Pasamos, entonces, a convocar tanto a quienes habitualmente venían a hacer actividades deportivas, como a quienes fueron apareciendo en la fila.
Hubiésemos querido que el espacio se llenara de pibas/es. No era posible por la Pandemia, pero igualmente trabajamos en esa dirección. Lo llenamos de música, de partidos de ping pong y de metegol. También el amasado pasó a tener un lugar importante. Cada domingo con una propuesta distinta: bizcochuelos, medialunas, pastelitos, chipá, sopa paraguaya.
El “día después» y los espacios de discusión
El proceso de lucha desde la CAAC tuvo dos hilos conductores que recorrieron todo el proceso.
- Partimos de una idea. Sin recursos no hay cuarentena posible. Desde esa premisa decidimos sostener el comedor y luego la olla popular todos los días de la semana. Reclamar al gobierno de la ciudad por más raciones de comida porque no alcanzaba lo que llegaba. Pedir donaciones a amigos, familiares y a traves de las redes. Nos organizamos en el comité solidario de emergencia de la comuna 3 para trabajar en conjunto con todas las organizaciones del barrio que estaban en esta misma lucha.
- El otro tuvo que ver con lo que va a suceder el “día después”. Desde el comienzo de la cuarentena la preocupación por cómo vamos a salir de esta crisis que agudizó aún más las carencias, las necesidades insatisfechas, las injusticias y desigualdades que existen en nuestro país y particularmente en nuestra comuna se hizo presente en cada conversación entre la gente que habitamos la CAAC. Tanto los que estamos adentro como quienes se fueron acercando a nuestra casa. Entendimos que eso también tiene que ver con el protagonismo, que es necesario pensar juntos y planificar qué futuro queremos y necesitamos.
Así fue que fuimos generando espacios de discusión y charla adentro de la CAAC con los grupos de compañeras/os de la CCC y también nos fuimos “apropiando” del espacio público frente a la CAAC donde se hace la Olla.
Empezamos a llevar marcadores, hojas y afiches a la fila para plasmar lo que charlamos con ellas/os. Estimulamos que las personas que se acercaron pudieran expresar sus ideas. Quisimos darles lugar para que pudieran decir qué les pasaba, qué pensaban acerca de la crisis y también les contábamos que pensábamos y sentíamos nosotras/os.
Lo que apareció con mayor nitidez era la necesidad de que quienes disponían de muchísima riqueza dieran aunque sea una parte de la misma para la salud y el alimento de quienes habían quedado desposeídos de lo más elemental. Así fue que con fervor y orgullo se fotografiaron y se filmaron con carteles a favor del Impuesto a las grandes fortunas y expresaron con sus propias voces cual sería el destino adecuado para esos fondos.
Tanto la expropiación de Vicentin propuesta en un momento por el presidente como la investigación de la Deuda con el FMI fueron parte de los debates.

La puerta de la CAAC y el espacio de la Olla popular se llenó de afiches, de dibujos, de palabras. También se llenó de otras expresiones artísticas de vecinas/os y amigas/os que venían a compartir su arte, su música y sus espectáculos circenses.
Hasta aquí llegamos en esta oportunidad, el proceso continúa y lo abordaremos en un próximo capítulo.
(1) terror de inexistencia: concepto acuñado por Ana Quiroga en 1997, refiriéndose a las patologías y formas de padecimiento que afectaban la subjetividad. Revista la Marea N° 8









