10 de mayo de 2021

CAFETEROS (Guiño guiño)

Ariel Oliveri

Lo escribo así porque se comentan por las esquinas de los barrios que si nombras el país andan unos muchachos de traje, corbata, lentes oscuros y cara de pocos amigos que borran publicaciones.

Además, cuando decimos cafeteros por estos días ya sabemos de qué hablamos. Se ha levantado el pueblo. Ha dicho basta. Y no paran ni con balas. Como Chile hace un par de años. Como Argentina en el 2001.

Como cualquier rincón del mundo donde los laburantes se hartan. Se hartan de solo laburar y que el mango no alcance. Y que estos, que hablan de libertad y meritocracia, desde cualquier palacio nos quiten hasta la libertad de comer.

Se levantan los “nadies” de Galeano. Los de “Disculpe el Señor” de Serrat. Los “Clandestinos” de Manu Chao. Los hacheros de “Quebracho”. Los inmigrantes de África. Los sudacas en Europa. Los marroquíes que laburan en los lujos de los jeques. Los centroamericanos que pedalean las calles de Argentina, con las mochilitas de las aplicaciones nuevas donde llevan la comida de otros para poder comer ellos. Las pibas que se rebelaron en el mundo y conquistan los derechos por los que pelearon toda su vida las feministas más grandes, cuando eran un puñado apenas. El arroyito arrima caudal al rio para desbordarlo. Los pibes de las esquinas de los barrios del conurbano que sin oportunidad de nada se equivocan metiéndose porquerías adentro, hoy también se rebelan con los cafeteros. Las madres y padres de los esos pibes y pibas que sufren viéndolos así también están ahí. Los pobres de guita pero ricos de dignidad en cualquier rincón del mundo, en el lugar más recóndito del planeta, hoy están ahí. En las calles cafeteras.

Entonces cuando pasa esto, aparecen las balas. Queriendo frenar lo que ya no se puede. La gente que espontáneamente desborda todo y si se organiza da vuelta la tortilla. La tortilla de la canción de la guerra civil española, “que los pobres coman pan y los ricos mierda, mierda”. Que la tortilla se vuelva temen los de las clases dominantes. Y se ponen locos. Para que no se organice el pueblo, palos, gases y balas. Los muertos siempre los pone el pueblo. Y si vuela una piedra salen los medios a indignarse. “Manifestarse esta bien…pero pacíficamente…” relatan. Mientras las balas policiales o militares vuelan por los aires, piden manifestaciones pacíficas.

En cualquier lugar del mundo es así. Porque en definitiva, lo que defienden, lo que está en juego es el sistema. Este sistema que asfixia siempre, pero cuando el neoliberalismo dirige, ahoga. Y cuando ahoga, estalla. Todo. Brillantemente estalla todo. Pero ojo el sistema, este sistema, asfixia. Siempre asfixia.

Hoy son los cafeteros y en cada calle con esos miles somos millones en el mundo. En nuestras casas, en nuestros ranchos, en los campos con las vaquitas ajenas, en las villas, en los barrios, en las fábricas, en las escuelas y universidades, en los teatros y centros culturales, en las canchitas de cualquier deporte. En cada rincón del mundo, cuando tomamos un café, estamos ahí, en las calles cafeteras.

Podrán cortar todas las flores. O algunas. Pero jamás detendrán la primavera.